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viernes, 5 de septiembre de 2014

TODO ESTÁ EN LOS LIBROS (2). CURSO DE DETECTIVE PRIVADO


Y por fin llegamos a la segunda de las joyas que encontré en una de las cajas de libros abandonadas por los antiguos propietarios de la casa de mi hermana. Se titula “Curso de detective privado” de un tal Peter T. Dempsey (seguro que es un nombre ficticio, no sé si para preservar la identidad del detective o el buen nombre del escritor) y fue publicada en rústica por Finhaxel Editorial en 1982. El libro tiene 156 páginas. Para saberlo, he tenido que contarlas una a una porque es el primer libro que cae en mis manos sin paginar (debe de tratarse de algún truco de detectives, a lo mejor los números están impresos con tinta invisible).
Que nadie piense que se trata de una publicación para niños o adolescentes. De hecho, por si queda alguna duda, ya se encarga la editorial de despejarla en su preliminar “Carta abierta a nuestros lectores”. En ella, dirigiéndose a los “amigos nuestros, futuros detectives” (gracias al libro, claro), se les recuerda que la investigación privada es una actividad muy rentable en España y, para reforzar la idea, remite a un artículo que “un matutino de gran prestigio en la prensa nacional, un periódico de Madrid, en su publicación de un día domingo del mes de febrero (observad que no dice  ni qué periódico, ni de qué día ni de qué año, con esa discreción típica del investigador privado) en el que se comenta “la importancia del esfuerzo del investigador privado, la riqueza en agilidad mental, perspicacia y don de observación que se desarrolla con dicha actividad” así como “lo rentable que resulta este trabajo en España”.
El curso se inicia con una pequeña historia de la profesión de detective (6 páginas), para continuar con un análisis de las características principales de un buen investigador privado en el capítulo “Ojos observadores y mente despierta”. Se incluyen algunos ejemplos de perspicacia: “Al observar el trasero de unos pantalones más desgastado y brillante que el resto de la prenda se puede llegar a la conclusión de que tal individuo es un oficinista o trabaja muchas horas al día sentado al volante de un automóvil”; “la observación de las manos también facilita datos interesantes sobre la personalidad de la persona en observación, la presencia de una alianza nos permite saber que el individuo está casado”.


En este apartado el autor incluye algunos ejercicios prácticos bastante elaborados: “Se trata de poner una serie de objetos sobre una bandeja y cubrirlos con una tela. Retirar el trapo durante treinta segundos e intentar después recordar todos los objetos”. A mí me gusta especialmente éste que sigue, sobre todo por el riesgo que entraña y del que nos advierte el autor: “Según se cruza con otras personas en la calle intente hacer descripciones mentales de sus rasgos físicos como si se tratara de sospechosos. En este ejercicio (aquí viene la advertencia) es conveniente tener cuidado con no clavar la mirada excesivamente en los demás; en tal caso, no sólo se desvirtúa el ensayo, sino que pueden provocarse escenas de indignación poco gratas (pero aún hay más). Puede darse el caso de que aquél al que observemos tenga las mismas aficiones detectivescas que nosotros y ante nuestra mirada insistente nos tome por alguien sospechoso y avise inmediatamente a la policía.” No sé, a mí me parece que ya sería mala pata que durante la práctica del ejercicio te acabaras tropezando con otro memo haciendo el indio como tú, pero hay que preverlo todo. Es la máxima del buen detective.
En la parte de los disfraces se nos proponen dos trucos sencillos, pero muy eficaces y “utilizados  en numerosas ocasiones por los detectives modernos”. Se trata de “llevar un abrigo reversible (teniendo en cuenta, por supuesto, que un abrigo o impermeable sean adecuados para la fecha y el lugar)”. El señor Dempsey lo advierte por si a alguien se le ocurre hacer un seguimiento en agosto por la playa de Benidorm pertrechado con su abrigo reversible. En ese caso, el truco parece ser que no funciona tan bien, a menos que se pretenda ir disfrazado de chiflado, claro. Se añade otra aclaración: “Este abrigo puede ser oscuro por un lado y claro por el otro”. Aquí interpreto que lo que quiere decir el autor es que si la prenda reversible es del mismo tono por los dos lados, pasa algo parecido a lo de la playa de Benidorm, el truco pierde bastante eficacia. No digamos si es del mismo color por ambos lados.
Me gusta mucho el segundo truco: “Otra forma fácil de conseguir el efecto de parecer una persona distinta es llevar un impermeable enrollado dentro de un periódico. Si el detective se da cuenta de que el sospechoso se ha fijado en él, al desprenderse del periódico y ponerse el impermeable, podrá despistarlo una vez más.” Lo que no dice el autor es que el sospechoso a lo mejor se ha fijado en el detective porque no es muy frecuente que alguien lleve un impermeable enrollado dentro de un periódico.
Cuando habla de los riesgos de la profesión intenta tranquilizarnos: “En cuanto al riesgo de muerte, no está exento del trabajo del detective, pero tampoco ocurre, ni mucho menos, todos los días”.
Son de lectura imprescindible las normas de seguridad personal de todo detective (obsérvese la sorprendente semejanza con las normas de seguridad personal de todo no detective):
-Reconocer siempre a cualquier visitante que nos pida que abramos la puerta.
-No permitir el paso a desconocidos, sea cual fuere el pretexto que aduzcan para intentarlo.
-Instalar una cadena protectora en la puerta.
-No aceptar paquetes o regalos no esperados.
-Evitar deambular por lugares desiertos.
-No tomar trayectos poco frecuentados.
-Caso de circular en coche, subir las ventanillas y echar los cerrojos.
Después vienen algunos capítulos bastante aburridos sobre Scotland Yard, la policía montada del Canadá, la CIA e Interpol, las huellas dactilares, la teoría de Lavater (unos siglos desfasada) sobre la relación entra rasgos faciales y delincuencia y, por último, algunas historias escogidas de detectives provenientes de fuentes diversas.


Y así llegamos a dos de mis partes favoritas: “El argot del hampa” para pasar desapercibido (incluyo foto de las dos páginas, espero que sean legibles) y el pequeño “Tratado de fisiognomía por el que se conoce la naturaleza e inclinaciones de las personas, estudiando las diferentes partes del cuerpo. El argot del hampa, una vez estudiado, nos permitirá introducirnos en los círculos de delincuentes más restringidos. Basta con acercarse a uno de ellos (con el abrigo reversible o la gabardina enrollada dentro del periódico) y decir, por ejemplo, “ha venido la pasma en una lechera y hemos tenido que tocar el piano mi tronco y yo por un blanqueo que le habíamos hecho a un maqueteao” Al parecer, dominando el lenguaje de los rufianes, pasaremos totalmente desapercibidos.


En cuanto al pequeño tratado de fisiognomía, recoge perlas como estas:
-“El hombre que tiene el cabello liso, largo, blanco o rubio fino y dócil es naturalmente tímido, débil y pacífico.”
-La nariz bastante elevada en el centro denota al hombre extraordinariamente embustero, vago, inconstante, lujurioso, de vana inteligencia,…”
-Los dientes pequeños, débiles, en corto número y cortos, señalan un hombre inteligente.
-Los que tienen los dientes muy largos y agudos, un poco separados y fuertes, son envidiosos, golosos, desvergonzados, embusteros, falsarios, infieles y sospechosos.
-Las orejas grandes y gruesas indican al hombre estúpido, perezoso, de temperamento burdo, de mala memoria y de dura penetración (¡?).
-La espalda velluda, flaca y elevada indica al hombre sinvergüenza, perverso, brutal, de pervertido juicio, débil, poco acostumbrado a la fatiga y perezoso.
-Los jorobados son prudentes, espirituales, de poca memoria, falaces y medianamente ruines…
Bueno, pues ya os he dejado algunas pistas por si queréis iniciaros en el rentable ejercicio de la investigación privada. Que haya suerte. Con estos consejos, la vais a necesitar.

viernes, 1 de agosto de 2014

TODO ESTÁ EN LOS LIBROS (I). CONSTRUYA USTED MISMO SU CASITA FIN DE SEMANA


Hace tiempo mi hermana compró una casa en Madrid y les pidió a los anteriores propietarios que se la dejaran vacía antes de tomar posesión. Por supuesto, como suele ocurrir habitualmente, los antiguos propietarios no le hicieron ni caso así que en su primer paseo de inspección por las habitaciones se fue encontrando trazos de vida humana anterior por donde quiera que mirara. Parte de esos trazos tenían la forma de cinco o seis cajas llenas de libros. Mi hermana me llamó entonces para que fuera a echar un vistazo por si podía haber allí algo que me interesara. La verdad es que tardé varios días en acercarme de manera que cuando por fin llegué, varias oleadas de amigos suyos habían revisado intensa y exhaustivamente las cajas y también debían de haber retirado las improbables joyas que hubieran dejado los anteriores habitantes. Por eso llevé a cabo mi inspección con bastante desgana, removiendo los libros un poco y sin sospechar que iba a encontrar contra todo pronóstico dos de los libros con los que más me he reído últimamente. Sólo dedicaré esta entrada a uno de ellos. Os hablaré sobre el otro en la siguiente.
Se trata de un libro publicado en 1962 en pasta dura por Espasa-Calpe. Su título, a mí que no sé por donde agarrar un martillo, ya me resulta bastante gracioso: “CONSTRUYA USTED MISMO SU CASITA FIN DE SEMANA”. Se supone que toda la ciencia necesaria para construirse uno mismo su propia casita fin de semana se resume en las 62 páginas (64 con el índice) de 13 cm x 18 cm de que se compone el volumen en cuestión.


Éste es el índice: Principales mezclas. Amasadura del yeso. Reparación de un tendido. Amasadura del mortero. Cómo realizar un tendido. Preparación del hormigón. Escalinata de ladrillos. Construcción de un estanque. Encofrados para hormigón. Armadura metálica. Pila de cemento armado. Banco de hormigón. Pilastras de hormigón. Casita para fin de semana.



Y éstos son algunos párrafos escogidos:
“La casita que en las páginas siguientes le proponemos realizar es una construcción que está al alcance de cualquier aficionado, aunque no tenga mucha experiencia”.


“Sus fotografías, realizadas para ofrecer toda clase de detalles, le brindarán la oportunidad de hacer un determinado trabajo con la soltura de un profesional, sus textos, claros y precisos, le permitirán llevar a cabo un sinfín de trabajos prácticos con suma facilidad y con material poco costoso”.


“La amasadura del mortero es más sencilla de realizar que la del yeso,”


“Cuando la mezcla de los hormigones llamados gruesos o de cimientos lleva además pedernales, estos han de ser como máximo de 55 mm de grueso ya que, de no ser así, se corre el riesgo de que al emplearlos se formen vacíos en la masa”.


“CONSTRUCCIÓN DE UN ESTANQUE: Un estanque resulta siempre decorativo, colocado en el centro de un césped o en el rincón de un jardín con cuidados y bellos árboles.”


“Una vez que se ha excavado el suelo a la profundidad deseada, hay que preparar el fondo, formado por una gruesa capa de hormigón.”


“Una vez que el hormigón esté bien seco, empiece a construir las paredes haciendo primero los ángulos. Puede usted usar ladrillos o pedernales para este trabajo.”


“Para este tipo de construcciones puede usted consultar el volumen de nuestra construcción titulado “Construya y repare”, páginas 35 y 36 (paredes de ladrillo), o en las páginas 37 a 39 (muros de carga con piedras de cantería).”


“ENCOFRADOS PARA HORMIGÓN: Para los cimientos que sirven de base a los muros (véase el volumen “Construya usted mismo”, págs. 31 y 32), el hormigón se echa directamente en la zanja excavada a tal efecto. En los restantes tipos de obras, el hormigón se coloca en un encofrado.”


“COLOCACIÓN DE COBIJAS SOBRE EL CABALLETE: Las planchas colocadas sobre las dos verticales dejan una abertura en lo alto del tejado. Esta abertura queda cubierta con las cobijas. Se las coloca con tirafondos, siguiendo las mismas instrucciones dadas para las planchas en la página 53.”


Ya podéis ver que, con este librito, el que no se construye una casita de fin de semana en la huerta de patatas del abuelo es porque no tiene voluntad, no por falta de información clara y precisa. Lo que me gustaría saber ahora es cuántos libros “Construya usted mismo su casita fin de semana” se vendieron y sobre todo cuantas casitas fin de semana llegaron a construirse, y también cuántas siguen en pie. A lo mejor vosotros conocéis alguna.


jueves, 10 de julio de 2014

EMPEZAR (O NO), ACABAR (O NO) Y GUARDAR (O NO) UNA NOVELA


No suelo dar a las novelas más de una oportunidad. Salvo en casos excepcionales, sólo empiezo a leerlas una vez, tanto si las acabo como si las dejo a la mitad. Esto implica una gran responsabilidad a la hora de elegir el próximo libro que voy a leer. Sobre todo porque, como todo el mundo sabe, cada lectura tiene su lugar, su momento y su estado de ánimo. Si me equivoco en la elección, corro el riesgo de renunciar a una historia que quizás en otra ocasión habría merecido la pena.



Por lo general suelo empezar a barruntar la siguiente lectura en las últimas cincuenta páginas de la anterior aunque la escogida en ese momento rara vez es la definitiva. Sólo cuando termino la novela anterior es cuando empieza de verdad la selección de la nueva historia en la que me voy a sumergir los próximos días o semanas. Es un momento muy especial. Como ya sabéis, los que habéis leído las entradas anteriores, compro mucho más de lo que leo así que el abanico de posibles lecturas es desmesurado y la elección difícil. Paso mucho tiempo recorriendo las estanterías y los montones de libros que crecen aquí y allá, hojeo uno, luego otro, y cuando por fin creo haber encontrado el que voy a leer, a veces lo dejo de repente otra vez en su sitio y me decido por uno totalmente diferente. Unas veces ganan las últimos libros comprados, otras ha habido algo, un artículo del periódico, una conversación, que me ha hecho recordar un libro de hace tiempo, no hay una regla fija. Lo que no hago nunca es leer dos libros seguidos del mismo autor (que yo recuerde, sólo ha habido una excepción, las novelas de "Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin porque no era capaz de leer otras cosas sin saber qué les podría estar ocurriendo a sus personajes).

Muy bien, ya tengo el libro elegido en las manos. ¿Seré capaz de acabarlo? Hace mucho tiempo que me liberé de la necesidad neurótica de acabar de leer todos los libros que empezaba. Ahora soy capaz de dejarlo incluso después de haber leído 150 o 200 páginas. ¿Qué tiene que tener un libro para que continúe leyéndolo hasta su última página? La respuesta es sencilla, sospechosamente simple: debe merecer la pena. Supongo que antiguamente, cuando casi no había libros publicados ni otras opciones de ocio, el nivel de lo que merecía la pena debía de estar bastante bajo. Hoy en día, con decenas o quizás centenares de miles de libros publicados al año, hay que tener mucho cuidado con la pregunta “¿Por qué demonios estoy leyendo esto si podría estar leyendo aquello?” O peor todavía, “¿Por qué estoy leyendo un libro si podría estar viendo una película en DVD, o yendo al cine, o escuchando música o jugando con una videoconsola?”



En mi caso, las razones por las que acabo dejando de leer una novela se encuentran básicamente entre éstas: que su estilo sea demasiado vulgar; que sea demasiado pedante; que la historia no tenga ningún interés; que teniendo interés, no avance con el ritmo adecuado; que sea demasiado predecible; que los personajes sean planos; que no tenga tiempo o ganas de leer a menudo y haya pasado demasiado tiempo desde que la empecé; que sea una novela de humor y no tenga ganas de reírme; que sea un drama y no tenga el ánimo para dramas ajenos;… Como ocurre en los accidentes aéreos, muchas veces no es suficiente una de estas circunstancias, hacen falta varias para que abandone. Aunque al final todo se resume en la pregunta de antes “¿Por qué demonios estoy leyendo esto si podría estar leyendo aquello?”

Y por fin llegamos al espinoso dilema ¿Guardar o no guardar los libros? En este punto he experimentado alguna evolución también. Al principio de mi vida lectora adulta creía que tenía la obligación de guardar todos los libros que habían llegado a mi poder, ya fueran buenos, malos o regulares. Actualmente, el paso de algunos años y una, digamos, preocupante hipertrofia de mi biblioteca, por no llamarla “plaga bíblica y epidémica de desarrollo exponencial y carácter psicopatológico” o, en términos de mi mujer, “esto no puede seguir así”, me han hecho adoptar una postura bastante menos rígida al respecto. Ahora creo que no tiene sentido guardar en casa novelas que ni siquiera he podido acabar de leer o aquellas que, habiendo leído o incluso disfrutado, no tienen demasiado interés y probablemente no vuelva a releer nunca más en mi vida. Se me ocurren ahora dos ejemplos de este último caso (aunque hay muchísimos): “Maldito karma” de David Safier y “Antón Mallick quiere ser feliz” de Nicolás Casariego. Acabé las dos y no me disgustaron especialmente, pero la verdad es que no veo ningún motivo para conservarlas. Así que no lo he hecho. En lo que no he evolucionado nada, pero nada de nada, es en la cuestión del préstamo. Ni me gusta leer libros prestados ni me gusta prestarlos. Sólo podría prestar libros a alguien que fuera tan extremadamente cuidadoso con ellos como yo y, por suerte para todos, no hay por ahí sueltos tantos chiflados maniáticos.



¿Y ahora qué hago con los libros que no quiero? Aunque parezca increíble, las bibliotecas no son una opción, la mayor parte no están interesadas en recibir donaciones de particulares. Hay por ahí algunas ONGs, pero tampoco me fío mucho. En su momento puse a la venta algunos en Ebay aunque todo el proceso de venta era un poco pesado. La mejor opción, si lo que quieres es vender, es Amazon o Casa del Libro. Claro, también está el asunto este del Bookcrossing, aunque no sé, me da un poco de pereza ir por ahí dejando libros abandonados a la intemperie.


viernes, 27 de junio de 2014

¿POR QUÉ DECIDO COMPRAR UN LIBRO?


Cuando alguien llega a mi casa por primera vez, sobre todo si no es muy aficionado a la lectura, casi nunca falla, suele decir algo así como “¡Madre mía, cuántos libros!” para rematar con “¿Te los has leído todos?”. Después, según el tipo de invitado y sus neurosis particulares, vienen las variantes “No sé cómo tienes tiempo”, “¡Qué acumulación de polvo!”, “¿Soportará el peso la casa?”, “¡Menudo dineral habrás gastado!” o “el papel es muy inflamable, ya puedes tener cuidado”.
Generalmente me río y trato de no contestar a esa pregunta, sobre todo para no decepcionar, porque es evidente que a pesar de leer mucho ni he podido leer todos los libros que tengo ni podré hacerlo (sumando los que todavía no he comprado) aunque llegara a vivir 150 años con una insólita lucidez de mente y una carencia de presbicia que desconcierten a la medicina del momento. El problema (o la cuestión más bien porque como todos los adictos no reconozco que tengo un problema) es que a mí no sólo me gusta leer, también me gusta comprar libros, y para mí son dos aficiones compatibles, pero bien distintas.

Y entonces vuelvo al título de esta entrada, ¿Por qué decido comprar un libro? Está claro que porque creo que me va a gustar, pero ¿Qué es lo que hace que llegue a valorarlo, que lo tenga en mis manos mientras pienso si lo debo dejar donde estaba o si lo llevo a la caja de la librería (o al carrito on line)? Hay varios caminos aunque he estado repasando los últimos libros que he comprado y me he quedado sorprendido al ver la enorme influencia del periódico en mi decisión de compra. Es mucho mayor de lo que creía. Así, por ejemplo, compré “Encuentros heroicos: seis escenas griegas” de Carlos García Gual porque Rosa Montero le dedicaba un artículo lleno de alabanzas; “El legado de Homero” de Alberto Manguel porque leí una buena crítica (aparte de que me gusta mucho el autor); “El edificio Yacobián” de Alaa Al Aswany porque leí una entrevista al autor; “Jane y Prudence” de Barbara Pym por otra crítica; “Contra el viento del norte” de Daniel Glattauer por una publicidad en la contraportada del suplemento de libros… Y así podría seguir eternamente.





También tengo otras fuentes, pero por lo que veo no son tan importantes. Están las recomendaciones de los amigos, por ellas compré por ejemplo “El asombroso viaje de Pomponio Flato” de Eduardo Mendoza o las novelas de Trevanian o las de E. L. Doctorow.



Los amigos virtuales (Facebook, blofs, etc,...): por ellos compré, por ejemplo, “Excéntricos ingleses” de Edith Sitwell, “Confabulario” de Juan José Arreola y “Palabras y sangre” de Giovanni Papini; “Winesburg, Ohio” de Sherwood Anderson,...




Y después vienen los programas de libros de la televisión o mis paseos por las mesas de novedades de las librerías donde se exponen esas portadas tan bonitas de las editoriales españolas. No sabemos la suerte que tenemos con el cuidado de las ediciones españolas. Las portadas francesas son tremendamente sosas y aburridas, las inglesas aunque algo mejores, se quedan todavía muy lejos de las preciosas portadas de los libros españoles. Así que también he comprado libros como cuando era pequeño, por la portada y por el argumento (y por el fajín de papel lleno de críticas positivas), aunque en este caso el nivel de desacierto suele ser bastante mayor. El último ejemplo fue “El verano mágico en Cape Cod” de Richard Russo, después de leer las tres primeras páginas me espantó el estilo y lo dejé inmediatamente. Y el penúltimo “Amor en Venecia, muerte en Benarés” de Geoff Dyer.


Bueno, pues ya sabéis por qué decido comprar un libro. Próximamente os contaré por qué decido empezar y acabar de leer un libro, y también por qué decido guardarlo. No sé si esto le interesa a alguien, pero al menos a mí me ayuda a ordenar mis ideas y también a entender por qué hago a veces cosas tan tontas.

martes, 20 de mayo de 2014

QUÉ LEER Y DÓNDE


Lo bueno de un título tan tonto como este es que debajo se puede escribir casi sobre cualquier cosa. Yo lo voy a hacer sobre los dos sillones de orejas que compré hace unos años porque “mira que complemento tan ideal y necesario para esta estantería con baldas rotundas de madera que se extiende por tres paredes y dos puertas del salón”. Dos sillones de orejas en uno de los rincones, con su mesa auxiliar y su lámpara de pie entre ellos. Qué mejor lugar para la lectura concentrada de obras maestras y menores, me dije. Y, claro, me equivoqué de cabo a rabo, y no porque no sean útiles. De hecho, los uso para sentarme mientras le lavo los dientes a mi hijo pequeño, para dejar el abrigo cuando no me apetece colgarlo en el armario, para dejar las bolsas de libros que acabo de comprar; los usa la gata para sus siestas de invierno (para las de verano prefiere la mecedora porque corre más el aire), para afilarse las uñas en el respaldo (a pesar de que sabe que está prohibidísimo); los usan los niños para esconderse detrás y “¿vale que esto era una cueva?”, para perder las zapatillas y las pelotas pequeñas debajo, para subirse a ellos y saltar desde las alturas como los superhéroes (a pesar de que saben que está prohibidísimo), hasta los usan las visitas para sentarse… En fin, que son útiles, lo que pasa es que se usan para todo menos para pasar la tarde sobre ellos con una buena novela entre las manos. Y juro que al principio lo intenté. Lo tenía todo. El té, el sillón, la mesa auxiliar para dejar el té, la novela, la lámpara de pie para iluminar la novela, a mí mismo sentado tranquilamente… El problema es que tanta perfección me distraía de la lectura. Me acababa elevando sobre mi mismo como en un viaje astral y disfrutaba tanto de la estampa lectora que no era capaz de concentrarme en lo que estaba leyendo.


Ha sido con experiencias parecidas a ésta y con el tiempo como me he ido dando cuenta de que donde suelo leer mejor es justo en aquellos lugares que no están específicamente pensados para leer mejor. Y además necesito una ligera incomodidad y algún límite de tiempo, algo parecido a “tengo una hora para leer antes de…”. Por eso quedan descartados todos los lugares y momentos evidentes desde el punto de vista del mito de la lectura. Al final me quedo con dos lugares favoritos: la cocina y el cuarto de baño. En la cocina me gusta sentarme en paralelo a la mesa y con un codo apoyado en ella. Un té es bien recibido.


El cuarto de baño es un caso aparte. Desde mi punto de vista reúne todos los requisitos indispensables para una buena lectura. Tiene un asiento ligeramente incómodo, hay un cierto límite temporal y es un espacio apartado donde se supone que no se debe entrar sin permiso. Los niños suelen respetarlo, por eso es un lugar muy recomendable cuando se tienen hijos. Eso sí, es imprescindible vivir en una casa con dos cuartos de baño con el fin de no acabar envenenando la convivencia familiar.
A los lugares de lectura móviles, no les voy a dedicar mucho tiempo. En los coches y autobuses me mareo; en los trenes, aviones y barcos, me distraigo. Y de la playa ni hablar, demasiada arena, demasiado viento y demasiado sol. Las bibliotecas tampoco me inspiran mucho, las tengo más asociadas a exámenes parciales y finales que a cualquier tipo de placer lector. Los jardines no son malos lugares, pero son tan distraídos. Los mirlos y los gorriones no respetan nada, no paran de cantar y piar. Sin embargo la terraza de mi casa no está mal. El ruido del tráfico te abstrae de cualquier otro sonido. Y además es un lugar aislado y algo incómodo.



En cuanto a qué leer, sólo añadiría (con el mismo espíritu de síntesis con el que he despachado la cuestión del lugar de lectura) que para mí es fundamental que la novela que estoy leyendo tenga una trama alejada del lugar donde me encuentro. Al principio, cuando me iba de vacaciones solía llevarme novelas marítimas a la playa, rurales al pueblo o urbanas a la ciudad. Un error. Con el tiempo descubrí que, si de verdad quería que el libro me interesara, debía hacer justo lo contrario. Pero es difícil. Todavía tengo tentaciones del tipo voy a Estambul, Pierre Loti; voy a la playa, Conrad; voy a París, Maupassant; voy a la montaña, Mann; voy a Grecia, Kazantzakis; voy al pueblo, Delibes; voy a Lisboa, Pessoa. Debo resistirme porque siempre acabo saturado. A fin de cuentas, la lectura debe servir como evasión, muchas veces más en el sentido de escapada o huida que en el de distracción.

viernes, 11 de abril de 2014

FETICHISMO LITERARIO (UNA ENFERMEDAD INCURABLE)


Dentro del mundo de los libros y la literatura, no todos los aficionados son iguales. Existe un buen número de variantes que, por lo general, son muy poco compatibles entre sí. Tenemos en un extremo del arco a los apasionados de la literatura que desprecian el objeto que la recoge o el entorno que rodea a las obras y sus creadores. Sólo les interesa lo que se cuenta y cómo se cuenta. El quién, el dónde y el cuándo les importa un comino. Son buenos lectores, pero capaces de retorcer la portada hacia atrás para leer más cómodamente, o de doblar una esquina para marcar la página por la que van leyendo. No les importa que el lomo se agriete ni que las páginas se manchen de café o de mantequilla. Para ellos el libro es un mero instrumento de lectura sin ningún valor en sí mismo. Algunos de ellos ni siquiera leen entrevistas de escritores ni tienen la menor curiosidad por saber dónde viven ni qué opinan de las cosas.



Justo enfrente, en el otro extremo, nos encontramos con auténticos bibliófilos, expertos en el objeto libro, pero con poco o ningún interés en el contenido. Hay libreros, por ejemplo, muy buenos que, sin embargo, no tienen una afición especial por la lectura. Ahora bien, su conocimiento exhaustivo tanto de las distintas colecciones como de los fondos de la librería en la que trabajan, hacen que los busquemos con desesperación cuando tratamos de encontrar un libro determinado porque son catálogos andantes.



Y luego están aquellos que en un principio pueden ser considerados como el equilibrado fiel de la balanza, los amantes de la literatura que en mayor o menor medida también respetan y aprecian los elementos externos que la rodean y, por supuesto, el libro. Pero cuidado, no hay que confiarse con el templado término medio porque, cuando algunos de los componentes de este tranquilo grupo se radicalizan, cuando llevan al extremo su amor por los libros y por la literatura, abandonan la comodidad de la moderación para convertirse en el tercer extremo, en la tercera dimensión, que es el caldo de cultivo de los peores radicales de todos: los fetichistas literarios.



Los fetichistas literarios son siempre coleccionistas porque disfrutan no sólo con los libros sino con cualquier objeto que pueda haber tenido algún tipo de relación con un autor o su obra hasta el punto de sufrir la necesidad imperiosa de hacerse con él. Y aquí entra en escena la cuestión monetaria. Los fetichistas muy ricos pueden llegar hasta a comprar la casa donde ha vivido algún escritor. ¿Qué objeto material hay más cercano a alguien que su propia casa? Otros, también adinerados aunque no millonarios, participan en subastas, muy frecuentemente en el Reino Unido, intentando pujar sobre cosas como la pluma estilográfica de Thomas Mann, el cuadro del estudio de Virginia Woolf, la máquina de escribir de Hemingway, la máscara mortuoria de Conan Doyle o la figurilla que decoraba la mesa de Stevenson. El escritor español Javier Marías, por ejemplo, es bastante aficionado a estas adquisiciones.



En la escala económica inferior se encuentran los coleccionistas de libros firmados por el autor. A estos también les gustaría adquirir objetos más personales de los escritores, pero no tienen suficiente dinero así que disfrutan al menos sabiendo que ese libro que hoy está en sus manos, hace tiempo estuvo por unos instantes en las del autor, los que tardó en estampar su firma en una de las primeras páginas. Que esté dedicado a un perfecto desconocido o que el escritor en cuestión no empleara ni una milésima parte de su cerebro en la firma más bien automática del libro es lo de menos. No es algo que importe demasiado al coleccionista.



A este último grupo pertenezco yo, por supuesto en la parte más modesta, coleccionando libros firmados por autores ni demasiado antiguos ni demasiado clásicos porque en estos casos, como es lógico, el paso del tiempo y la consagración encarecen el asunto. Una de los rasgos que se suele encontrar en todo coleccionista es la necesidad de enseñar a los demás sus adquisiciones. Por eso he ido incluyendo a lo largo de esta entrada una selección pequeña de las mías. El sentimiento que mueve a ello no es ni mucho menos la generosidad, seamos sinceros, es el maldito orgullo, el mismo con el que el cazador enseña las cabezas de leones en su salón. En fin, pura frivolidad, pura superficialidad y bastante tontería. Seguramente reconoceréis a Lawrence Durrell, Ray Bradbury, Gerald Durrell, Sue Townsend (El diario de Adrian Mole), Michael Bond (el oso Paddington), Quenting Blake (el ilustrador de Roald Dahl), Ian McEwan, Roald Dahl y Enid Blyton.