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viernes, 29 de agosto de 2014

ACABO DE LEER… “LA NOCHE A TRAVÉS DEL ESPEJO” DE FREDRIC BROWN (REINO DE CORDELIA)


Para muchos veteranos aficionados a la novela negra "La noche a través del espejo" no es un clásico más, sino que forma parte de la mitología del género y de sus más placenteros recuerdos lectores; así lo cuenta en su introducción Juan Salvador, dueño de  "Estudio en Escarlata", la estupenda librería madrileña especializada en literatura de género. Sin embargo, para un lector nuevo, como lo soy yo de esta novela, la experiencia no resulta tan satisfactoria. Reconozco que mezclar a Lewis Carroll y su Alicia en una trama de novela negra tiene su mérito y, a primera vista, bastante atractivo también. Lo que pasa es que para conseguirlo, Fredric Brown sacrificó una pieza muy importante del juego de la ficción, la verosimilitud. Pasan tantas cosas en una sola noche y tan “increíbles” que no hay estructura literaria, por ingeniosa que sea, capaz de sostener la verosimilitud del relato. Tampoco hay que olvidar que Brown no era un genio de la literatura, sino un buen artesano, y queda claro que en este caso le faltaron herramientas para llevar su idea al mejor puerto.

Dicho todo lo anterior, hay que reconocer también que “La noche a través del espejo” rezuma ambiente de novela negra por los cuatro costados y que sus protagonistas sí que son muy auténticos, especialmente el dueño del bar, uno de esos personajes que no resultan fáciles de olvidar. Además, la edición de Reino de Cordelia está muy cuidada desde la traducción de Susana Corral al diseño de la portada y sobrecubierta, pasando por la ya mencionada introducción de Juan Salvador. Así que, teniendo en cuenta todo esto y que “La noche a través del espejo” es un título que forma parte de la historia de la novela negra, yo recomendaría su lectura.

sábado, 23 de agosto de 2014

ACABO DE LEER… “NIDO DE NOBLES” DE IVAN S. TURGUÉNEV (ALBA CLÁSICA)



Resulta refrescante volver de vez en cuando al siglo XIX con sus novelones, sus amores desgraciados, sus salones de recibir, sus juegos de cartas, piezas de piano y conversaciones de sociedad. Si la novela es rusa, encontraremos además la fascinación por París, la nobleza rural, el afán por reformar la calidad de vida del campesino y las grandes fincas agrícolas alejadas de la corte.

Turguénev no es el mejor de los novelistas rusos del XIX porque ese título se lo disputan exclusivamente Tolstoi y Dostoyevski, pero eso no quita para que su literatura sea de un altísimo nivel y resulte siempre un placer volver a ella. Ford Madox Ford decía de este libro que era el más bello que se había escrito. Exageraba, claro, aunque sí es cierto que toda la historia que en él se cuenta está impregnada de una sutil melancolía eslava no exenta de belleza.

viernes, 1 de agosto de 2014

TODO ESTÁ EN LOS LIBROS (I). CONSTRUYA USTED MISMO SU CASITA FIN DE SEMANA


Hace tiempo mi hermana compró una casa en Madrid y les pidió a los anteriores propietarios que se la dejaran vacía antes de tomar posesión. Por supuesto, como suele ocurrir habitualmente, los antiguos propietarios no le hicieron ni caso así que en su primer paseo de inspección por las habitaciones se fue encontrando trazos de vida humana anterior por donde quiera que mirara. Parte de esos trazos tenían la forma de cinco o seis cajas llenas de libros. Mi hermana me llamó entonces para que fuera a echar un vistazo por si podía haber allí algo que me interesara. La verdad es que tardé varios días en acercarme de manera que cuando por fin llegué, varias oleadas de amigos suyos habían revisado intensa y exhaustivamente las cajas y también debían de haber retirado las improbables joyas que hubieran dejado los anteriores habitantes. Por eso llevé a cabo mi inspección con bastante desgana, removiendo los libros un poco y sin sospechar que iba a encontrar contra todo pronóstico dos de los libros con los que más me he reído últimamente. Sólo dedicaré esta entrada a uno de ellos. Os hablaré sobre el otro en la siguiente.
Se trata de un libro publicado en 1962 en pasta dura por Espasa-Calpe. Su título, a mí que no sé por donde agarrar un martillo, ya me resulta bastante gracioso: “CONSTRUYA USTED MISMO SU CASITA FIN DE SEMANA”. Se supone que toda la ciencia necesaria para construirse uno mismo su propia casita fin de semana se resume en las 62 páginas (64 con el índice) de 13 cm x 18 cm de que se compone el volumen en cuestión.


Éste es el índice: Principales mezclas. Amasadura del yeso. Reparación de un tendido. Amasadura del mortero. Cómo realizar un tendido. Preparación del hormigón. Escalinata de ladrillos. Construcción de un estanque. Encofrados para hormigón. Armadura metálica. Pila de cemento armado. Banco de hormigón. Pilastras de hormigón. Casita para fin de semana.



Y éstos son algunos párrafos escogidos:
“La casita que en las páginas siguientes le proponemos realizar es una construcción que está al alcance de cualquier aficionado, aunque no tenga mucha experiencia”.


“Sus fotografías, realizadas para ofrecer toda clase de detalles, le brindarán la oportunidad de hacer un determinado trabajo con la soltura de un profesional, sus textos, claros y precisos, le permitirán llevar a cabo un sinfín de trabajos prácticos con suma facilidad y con material poco costoso”.


“La amasadura del mortero es más sencilla de realizar que la del yeso,”


“Cuando la mezcla de los hormigones llamados gruesos o de cimientos lleva además pedernales, estos han de ser como máximo de 55 mm de grueso ya que, de no ser así, se corre el riesgo de que al emplearlos se formen vacíos en la masa”.


“CONSTRUCCIÓN DE UN ESTANQUE: Un estanque resulta siempre decorativo, colocado en el centro de un césped o en el rincón de un jardín con cuidados y bellos árboles.”


“Una vez que se ha excavado el suelo a la profundidad deseada, hay que preparar el fondo, formado por una gruesa capa de hormigón.”


“Una vez que el hormigón esté bien seco, empiece a construir las paredes haciendo primero los ángulos. Puede usted usar ladrillos o pedernales para este trabajo.”


“Para este tipo de construcciones puede usted consultar el volumen de nuestra construcción titulado “Construya y repare”, páginas 35 y 36 (paredes de ladrillo), o en las páginas 37 a 39 (muros de carga con piedras de cantería).”


“ENCOFRADOS PARA HORMIGÓN: Para los cimientos que sirven de base a los muros (véase el volumen “Construya usted mismo”, págs. 31 y 32), el hormigón se echa directamente en la zanja excavada a tal efecto. En los restantes tipos de obras, el hormigón se coloca en un encofrado.”


“COLOCACIÓN DE COBIJAS SOBRE EL CABALLETE: Las planchas colocadas sobre las dos verticales dejan una abertura en lo alto del tejado. Esta abertura queda cubierta con las cobijas. Se las coloca con tirafondos, siguiendo las mismas instrucciones dadas para las planchas en la página 53.”


Ya podéis ver que, con este librito, el que no se construye una casita de fin de semana en la huerta de patatas del abuelo es porque no tiene voluntad, no por falta de información clara y precisa. Lo que me gustaría saber ahora es cuántos libros “Construya usted mismo su casita fin de semana” se vendieron y sobre todo cuantas casitas fin de semana llegaron a construirse, y también cuántas siguen en pie. A lo mejor vosotros conocéis alguna.


sábado, 26 de julio de 2014

ACABO DE LEER… “BUTCHER’S CROSSING” DE JOHN WILLIAMS (LUMEN)


Se supone que la obra maestra de John Williams es “Stoner” y no voy a entrar a discutirlo, “Stoner” es una novela estupenda de la que ya hablé hace unos meses, pero a mí, quizás por el tema, me gusta más “Butcher’s Crossing”, la primera novela de John Williams, que es una de esas llamadas “de iniciación” (tan habitual en las primeras obras de un escritor).

“Butcher’s Crossing” es una novela además de aventuras porque lo que su joven  protagonista busca es el encuentro con “lo salvaje” al que en aquella época (los años setenta del siglo XIX) todavía se podía aspirar. Siguiéndolo en su periplo recorremos el auténtico “Far West” o más bien el auténtico “Middle West” en este caso porque la acción comienza en Butcher’s Crossing, un pequeño asentamiento de pioneros de Kansas, un cruce de dos calles con una tienda, una taberna, un hotel y decenas de cabañas precarias habitadas por cazadores de bisontes. Todo lo que John Williams cuenta acerca de Butcher’s Crossing se aleja de la estética habitual de los escenarios del western en novelas y películas para aproximarse, creo yo, a lo que debía de ser un lugar de este tipo en realidad. A partir de ahí viviremos ese mítico encuentro con “lo salvaje” que para mí se resume en este diálogo:

“-¿Y una vez en Colorado? –preguntó Andrews.
Miller sonrió ligeramente y meneó la cabeza.
-Allí no hay sendas. Viajaremos por el campo”

Efectivamente ya casi no hay lugares sin caminos en nuestro mundo actual, y mucho menos en los Estados Unidos, así que ese simple “allí no hay sendas, viajaremos por el campo” representa la incursión de los aventureros en el terreno virgen y desconocido, el escenario de la aventura.

Por otra parte, como aficionado a las historias de aventuras agradezco de verdad que John Williams sea realista acerca de situaciones habitualmente obviadas en este tipo de literatura como los efectos de la carencia de agua en personas y animales, el aburrimiento de la humilde comida de los viajeros a base de judías y panceta, o los verdaderos efectos de una ventisca o una fuerte nevada.

No creo desvelar nada importante si digo que al final del viaje, el protagonista habrá vivido una experiencia iniciática de esas que hacen madurar y que sirven de entrada a la vida adulta.

martes, 15 de julio de 2014

ACABO DE LEER… “EN UN METRO DE BOSQUE. UN AÑO OBSERVANDO LA NATURALEZA” DE DAVID GEORGE HASKELL (TURNER)



Lo más contundente que puedo decir sobre este libro es que empecé a leerlo en un ejemplar prestado de la biblioteca y que a mitad de la lectura me di cuenta de que no era un libro de leer y guardar o de leer y devolver, sino de leer y releer y también de llevar uno consigo en sus paseos por el bosque, así que acabé por comprarlo.

David George Haskell es biólogo, poeta y practicante de meditación zen, y todas esas condiciones las ha aplicado en la redacción de este libro hasta el punto de que estoy convencido de que un libro como éste sólo podría haber sido escrito por un poeta que a la vez fuera biólogo y practicante zen, por eso es un libro tan especial y único.

La propuesta de Haskell resulta ya interesante desde el primer momento. Ha escogido un metro cuadrado cualquiera en mitad de un bosque del estado de Tennessee sin otro criterio que el de contar con una piedra relativamente cómoda donde se va a sentar en sucesivas ocasiones a lo largo de las cuatro estaciones del año con el único objetivo de permanecer atento a lo que le rodea, a los pequeños y grandes acontecimientos protagonizados por la flora y la fauna del lugar. Durante ese año nos ira narrando sus experiencias, ilustrándonos al tiempo sobre ecología, entomología, biología y miles de cuestiones diferentes relativas a su metro cuadrado de bosque. Así aprenderemos que son las hembras de los mosquitos las únicas que nos pican y por qué, que las aves comen las cáscaras de los caracoles para hacer acopio del calcio con el que se formarán sus huevos, que los líquenes son una asociación simbiótica entre hongos y algas o microbios, lo que son las flores efímeras primaverales y por qué deben darse prisa en su polinización, como se protegen los árboles del viento… En fin es tanta la información interesante que, como dije al principio, hacen falta varias relecturas para asimilarla bien. Haskell se refiere a su metro cuadrado de bosque como “el mandala” porque para él representa todo el universo de la misma manera que lo hacen los mandalas para los budistas.

En cualquier caso, lo que este libro de verdad nos enseña es a observar lo que nos rodea con atención, como el mismo Haskell dice en el epílogo, “creamos lugares maravillosos al prestarles atención, no al descubrir lugares inmaculados que nos maravillen. Jardines, árboles urbanos, el cielo, campos, bosques jóvenes, una bandada de gorriones de las afueras de una ciudad… todos ellos son mandalas. Observarlos atentamente es tan provechoso como observar un bosque antiguo”. Y para ello nos da dos consejos finales, observar sin más expectativas que unos sentidos abiertos con entusiasmo y hacerlo inspirándose en la práctica de la meditación, centrando la mente en el momento presente.


jueves, 10 de julio de 2014

EMPEZAR (O NO), ACABAR (O NO) Y GUARDAR (O NO) UNA NOVELA


No suelo dar a las novelas más de una oportunidad. Salvo en casos excepcionales, sólo empiezo a leerlas una vez, tanto si las acabo como si las dejo a la mitad. Esto implica una gran responsabilidad a la hora de elegir el próximo libro que voy a leer. Sobre todo porque, como todo el mundo sabe, cada lectura tiene su lugar, su momento y su estado de ánimo. Si me equivoco en la elección, corro el riesgo de renunciar a una historia que quizás en otra ocasión habría merecido la pena.



Por lo general suelo empezar a barruntar la siguiente lectura en las últimas cincuenta páginas de la anterior aunque la escogida en ese momento rara vez es la definitiva. Sólo cuando termino la novela anterior es cuando empieza de verdad la selección de la nueva historia en la que me voy a sumergir los próximos días o semanas. Es un momento muy especial. Como ya sabéis, los que habéis leído las entradas anteriores, compro mucho más de lo que leo así que el abanico de posibles lecturas es desmesurado y la elección difícil. Paso mucho tiempo recorriendo las estanterías y los montones de libros que crecen aquí y allá, hojeo uno, luego otro, y cuando por fin creo haber encontrado el que voy a leer, a veces lo dejo de repente otra vez en su sitio y me decido por uno totalmente diferente. Unas veces ganan las últimos libros comprados, otras ha habido algo, un artículo del periódico, una conversación, que me ha hecho recordar un libro de hace tiempo, no hay una regla fija. Lo que no hago nunca es leer dos libros seguidos del mismo autor (que yo recuerde, sólo ha habido una excepción, las novelas de "Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin porque no era capaz de leer otras cosas sin saber qué les podría estar ocurriendo a sus personajes).

Muy bien, ya tengo el libro elegido en las manos. ¿Seré capaz de acabarlo? Hace mucho tiempo que me liberé de la necesidad neurótica de acabar de leer todos los libros que empezaba. Ahora soy capaz de dejarlo incluso después de haber leído 150 o 200 páginas. ¿Qué tiene que tener un libro para que continúe leyéndolo hasta su última página? La respuesta es sencilla, sospechosamente simple: debe merecer la pena. Supongo que antiguamente, cuando casi no había libros publicados ni otras opciones de ocio, el nivel de lo que merecía la pena debía de estar bastante bajo. Hoy en día, con decenas o quizás centenares de miles de libros publicados al año, hay que tener mucho cuidado con la pregunta “¿Por qué demonios estoy leyendo esto si podría estar leyendo aquello?” O peor todavía, “¿Por qué estoy leyendo un libro si podría estar viendo una película en DVD, o yendo al cine, o escuchando música o jugando con una videoconsola?”



En mi caso, las razones por las que acabo dejando de leer una novela se encuentran básicamente entre éstas: que su estilo sea demasiado vulgar; que sea demasiado pedante; que la historia no tenga ningún interés; que teniendo interés, no avance con el ritmo adecuado; que sea demasiado predecible; que los personajes sean planos; que no tenga tiempo o ganas de leer a menudo y haya pasado demasiado tiempo desde que la empecé; que sea una novela de humor y no tenga ganas de reírme; que sea un drama y no tenga el ánimo para dramas ajenos;… Como ocurre en los accidentes aéreos, muchas veces no es suficiente una de estas circunstancias, hacen falta varias para que abandone. Aunque al final todo se resume en la pregunta de antes “¿Por qué demonios estoy leyendo esto si podría estar leyendo aquello?”

Y por fin llegamos al espinoso dilema ¿Guardar o no guardar los libros? En este punto he experimentado alguna evolución también. Al principio de mi vida lectora adulta creía que tenía la obligación de guardar todos los libros que habían llegado a mi poder, ya fueran buenos, malos o regulares. Actualmente, el paso de algunos años y una, digamos, preocupante hipertrofia de mi biblioteca, por no llamarla “plaga bíblica y epidémica de desarrollo exponencial y carácter psicopatológico” o, en términos de mi mujer, “esto no puede seguir así”, me han hecho adoptar una postura bastante menos rígida al respecto. Ahora creo que no tiene sentido guardar en casa novelas que ni siquiera he podido acabar de leer o aquellas que, habiendo leído o incluso disfrutado, no tienen demasiado interés y probablemente no vuelva a releer nunca más en mi vida. Se me ocurren ahora dos ejemplos de este último caso (aunque hay muchísimos): “Maldito karma” de David Safier y “Antón Mallick quiere ser feliz” de Nicolás Casariego. Acabé las dos y no me disgustaron especialmente, pero la verdad es que no veo ningún motivo para conservarlas. Así que no lo he hecho. En lo que no he evolucionado nada, pero nada de nada, es en la cuestión del préstamo. Ni me gusta leer libros prestados ni me gusta prestarlos. Sólo podría prestar libros a alguien que fuera tan extremadamente cuidadoso con ellos como yo y, por suerte para todos, no hay por ahí sueltos tantos chiflados maniáticos.



¿Y ahora qué hago con los libros que no quiero? Aunque parezca increíble, las bibliotecas no son una opción, la mayor parte no están interesadas en recibir donaciones de particulares. Hay por ahí algunas ONGs, pero tampoco me fío mucho. En su momento puse a la venta algunos en Ebay aunque todo el proceso de venta era un poco pesado. La mejor opción, si lo que quieres es vender, es Amazon o Casa del Libro. Claro, también está el asunto este del Bookcrossing, aunque no sé, me da un poco de pereza ir por ahí dejando libros abandonados a la intemperie.


martes, 1 de julio de 2014

ACABO DE LEER... "EL GRAN FRÍO" DE ROSA RIBAS Y SABINE HOFMANN (SIRUELA)


Una novela negra que se desarrolla en la España de los años cincuenta corre algunos riesgos y el primero de todos es la profesión del protagonista. Al lector de hoy le costaría identificarse con un policía de la dictadura y detectives, en aquella época no había muchos; soplones y confidentes eran más frecuentes, pero, claro, siguen generando un problema de identificación en el lector. Por eso, la idea de las autoras de esta novela me parece genial, ¿por qué no una mujer, Ana Martí, periodista de “El Caso”, el periódico de sucesos más leído del país por aquellos años, y además hija y nieta de periodistas republicanos y, por tanto, represaliados y parte de ese numeroso grupo que formaban los exiliados interiores?

Otro riesgo, podría ser tratar de describir la España de la época cargando las tintas en la denuncia política y olvidándose del relato, pero Rosa Ribas y Sabine Hofmann también lo evitan con habilidad. Con los orígenes de la protagonista, la situación de su prima (intelectual expulsada de la universidad) y abundantes detalles de la realidad social y cultural de la época tienen más que suficiente para explicar lo que había al que quiera entender.

Así pues, una vez evitados los riesgos comentados, sólo nos queda adentrarnos en una estupenda novela construida, como no puede ser de otra manera en el género negro, sobre unos personajes tan sólidos como creíbles, y sobre la recreación de una atmósfera opresiva en la que se mezclan el aislamiento, la superstición, el miedo, el caciquismo, la incultura, y el oscurantismo propios del momento y en mucha mayor medida de la población rural de la época. Tan bien está recreado ese ambiente que en algunos momentos no he podido dejar de acordarme de “Los Santos Inocentes” de Miguel Delibes. Algo hay de esa novela en esta.

También es de agradecer que las autoras nos ofrezcan algo más que el habitual asesinato y su posterior investigación. En “El gran frío”, su protagonista acude a un pueblo perdido de Teruel en mitad del invierno más gélido del siglo sólo para tratar de informar acerca de un posible milagro. Una vez allí, las cosas no son tan sencillas como parecían y poco a poco la realidad que se va encontrando, los secretos que va descubriendo y la situación meteorológica la van envolviendo y aislando en una trama que Hitchcock habría firmado sin problema.

En resumen: buenos personajes, buena ambientación, buena historia,… ¿Qué más se puede pedir?

Esta es la segunda novela que escriben Rosa Ribas y Sabine Hofmann con la periodista Ana Martí como protagonista. La primera, “Don de lenguas” no la he leído todavía, pero, visto lo visto, lo haré pronto.

viernes, 27 de junio de 2014

¿POR QUÉ DECIDO COMPRAR UN LIBRO?


Cuando alguien llega a mi casa por primera vez, sobre todo si no es muy aficionado a la lectura, casi nunca falla, suele decir algo así como “¡Madre mía, cuántos libros!” para rematar con “¿Te los has leído todos?”. Después, según el tipo de invitado y sus neurosis particulares, vienen las variantes “No sé cómo tienes tiempo”, “¡Qué acumulación de polvo!”, “¿Soportará el peso la casa?”, “¡Menudo dineral habrás gastado!” o “el papel es muy inflamable, ya puedes tener cuidado”.
Generalmente me río y trato de no contestar a esa pregunta, sobre todo para no decepcionar, porque es evidente que a pesar de leer mucho ni he podido leer todos los libros que tengo ni podré hacerlo (sumando los que todavía no he comprado) aunque llegara a vivir 150 años con una insólita lucidez de mente y una carencia de presbicia que desconcierten a la medicina del momento. El problema (o la cuestión más bien porque como todos los adictos no reconozco que tengo un problema) es que a mí no sólo me gusta leer, también me gusta comprar libros, y para mí son dos aficiones compatibles, pero bien distintas.

Y entonces vuelvo al título de esta entrada, ¿Por qué decido comprar un libro? Está claro que porque creo que me va a gustar, pero ¿Qué es lo que hace que llegue a valorarlo, que lo tenga en mis manos mientras pienso si lo debo dejar donde estaba o si lo llevo a la caja de la librería (o al carrito on line)? Hay varios caminos aunque he estado repasando los últimos libros que he comprado y me he quedado sorprendido al ver la enorme influencia del periódico en mi decisión de compra. Es mucho mayor de lo que creía. Así, por ejemplo, compré “Encuentros heroicos: seis escenas griegas” de Carlos García Gual porque Rosa Montero le dedicaba un artículo lleno de alabanzas; “El legado de Homero” de Alberto Manguel porque leí una buena crítica (aparte de que me gusta mucho el autor); “El edificio Yacobián” de Alaa Al Aswany porque leí una entrevista al autor; “Jane y Prudence” de Barbara Pym por otra crítica; “Contra el viento del norte” de Daniel Glattauer por una publicidad en la contraportada del suplemento de libros… Y así podría seguir eternamente.





También tengo otras fuentes, pero por lo que veo no son tan importantes. Están las recomendaciones de los amigos, por ellas compré por ejemplo “El asombroso viaje de Pomponio Flato” de Eduardo Mendoza o las novelas de Trevanian o las de E. L. Doctorow.



Los amigos virtuales (Facebook, blofs, etc,...): por ellos compré, por ejemplo, “Excéntricos ingleses” de Edith Sitwell, “Confabulario” de Juan José Arreola y “Palabras y sangre” de Giovanni Papini; “Winesburg, Ohio” de Sherwood Anderson,...




Y después vienen los programas de libros de la televisión o mis paseos por las mesas de novedades de las librerías donde se exponen esas portadas tan bonitas de las editoriales españolas. No sabemos la suerte que tenemos con el cuidado de las ediciones españolas. Las portadas francesas son tremendamente sosas y aburridas, las inglesas aunque algo mejores, se quedan todavía muy lejos de las preciosas portadas de los libros españoles. Así que también he comprado libros como cuando era pequeño, por la portada y por el argumento (y por el fajín de papel lleno de críticas positivas), aunque en este caso el nivel de desacierto suele ser bastante mayor. El último ejemplo fue “El verano mágico en Cape Cod” de Richard Russo, después de leer las tres primeras páginas me espantó el estilo y lo dejé inmediatamente. Y el penúltimo “Amor en Venecia, muerte en Benarés” de Geoff Dyer.


Bueno, pues ya sabéis por qué decido comprar un libro. Próximamente os contaré por qué decido empezar y acabar de leer un libro, y también por qué decido guardarlo. No sé si esto le interesa a alguien, pero al menos a mí me ayuda a ordenar mis ideas y también a entender por qué hago a veces cosas tan tontas.

lunes, 23 de junio de 2014

ACABO DE LEER... "QUÉDATE CON NOSOTROS, SEÑOR, PORQUE ATARDECE" DE ÁLVARO POMBO (DESTINO)



Cuando lees la contraportada de esta novela (cosa que debería estar prohibida para los buenos lectores) parece que te vas a encontrar con una versión siglo XXI de “El nombre de la rosa”: un monasterio en el sur de Granada, cuatro monjes intelectuales, dos normales, un suicidio del monje aparentemente más perfecto, un periodista escéptico, un prior que oculta información y sobre todo la ocurrente frase del departamento de marketing de la editorial: “una intensa novela en que la indagación espiritual y filosófica se entrelaza con una insospechada trama criminal”. Bueno pues ya os adelanto que no hay trama criminal que valga y sí mucha “indagación espiritual y filosófica” porque ésta es una de esas novelas que se suelen llamar de tesis en la que el autor toma el nombre de la novela en vano y se aprovecha de sus personajes para hacerlos hablar por boca de ganso y obligarles a recitar como autómatas sus propias ideas. Todos los personajes están ahí puestos para servir a su amo y por eso sus diálogos resultan envarados y muy artificiales. El único personaje que vive por sí mismo, quizás el más libre, es el de Margareta, una anciana que, sabiéndose cercana a la muerte, reflexiona (una vez más) sobre el final de su existencia. Todos los demás sólo son altavoces de lo que Álvaro Pombo quiere que digan.

Y poco más, varias vueltas en torno a la decisión de alejarse del mundanal ruido, acerca de la mejor manera de comunicarse con Dios y en definitiva una oportunidad perdida para haber construido una novela mejor. Es la primera que leía de Álvaro Pombo y me queda claro que no he escogido la mejor. Seguiremos probando.

lunes, 16 de junio de 2014

PEQUEÑO CATÁLOGO DE OBJETOS INÚTILES (V).- EL CALEIDOSCOPIO


Yo mismo empiezo a darme cuenta de que ya me estoy poniendo un poco pesado con los objetos inútiles, pero no puedo evitarlo, escribo sobre uno y me sale otro detrás, como si fueran cerezas. Lo que sí he comprendido a lo largo de estas cinco entradas es que a mí no me gustan los objetos inútiles sin más. Me gustan los objetos inútiles y bonitos o también los objetos inútiles e interesantes. El caleidoscopio forma parte sin duda del primer grupo, y además es un objeto inútil casi en estado puro porque, siendo considerado habitualmente como un juguete, ni siquiera sirve para jugar. Sólo sirve para mirar a través de él (o dentro de él más bien) y contemplar imágenes y colores armoniosos. De ahí su nombre, formado por las palabras griegas  “kalos”, “eidos” y “scopio”, es decir “bello”, “imagen” y “observar”.


Tengo que reconocer que no sabía casi nada de la historia del caleidoscopio, así que me ha sorprendido bastante leer en la Wikipedia que es un invento muy reciente, de 1816, y que la persona que lo patentó, un tal Brewster, ganó muy poco dinero con su invento a pesar del éxito inmediato porque, debido a la facilidad de su fabricación, enseguida fue copiado por infinidad de empresas. En realidad sólo se necesita un cilindro, unas láminas metálicas con efecto espejo y unas cuentas de colores. También en Internet se pueden encontrar sin problema las instrucciones para hacer caleidoscopios. El caso es que el pobre Brewster no se hizo ni rico ni famoso. Si por lo menos hubiera llamado a su invento “brewsterscopio”…




Otra cosa que también me ha llamado la atención es la distinción entre el caleidoscopio y el teleidoscopio, en el que las imágenes que se configuran a través de los espejos son reales, las que tiene delante el que mira. Se captan a través de una gruesa lente que se coloca al final del cilindro. En el nombre se sustituye “kalos” por “tele”, ya sabéis, “lejos”.


Por supuesto, también tengo varios caleidoscopios rondando por casa aunque no puedo olvidar el primero de todos, ya desaparecido. Lo encontré un día, cuando era muy pequeño (o quizás sólo bastante pequeño), en casa de mi abuela. Era un objeto feo, de plástico algo sucio que debía de haber pertenecido a algún niño que quizás ya entonces había dejado de serlo. No era, como veis, un objeto atractivo para alguien muy (o bastante) pequeño como yo. Sin embargo, por su forma de telescopio o porque los niños suelen tener la manía de intentar mirar a través de cualquier objeto cilíndrico que cae en sus manos, me lo llevé al ojo (al derecho probablemente) y entonces contemplé asombrado las maravillosas formas y colores que guardaba dentro aquel humilde cilindro de plástico. Y contemplé también cómo iban variando a medida que lo giraba en mis manos. La experiencia y el paso de los años tienen cosas muy buenas, pero no sé si llegan a compensar la maravilla de los descubrimientos del principio, cuando todo es nuevo o sucede por primera vez.